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Si nos fijamos en el significado literal, que un perro sea peligroso significa que entraña riesgo de provocar algún daño. Así, cualquier perro (o animal) puede considerarse peligroso si se encuentra en la situación inadecuada: por ejemplo, cualquier perro en la autovía se consideraría peligroso ya que puede comportar daños materiales y personales. Si nos referimos al problema de daños a través del mordisco, la situación es similar: Cualquier animal herido, con crías, asustado o sin opciones de escapar puede responder de manera agresiva.

Sin embargo, la sociedad lo entiende diferente debido a la existencia de una normativa que indica qué razas de perros son consideradas potencialmente peligrosas (GPP): Pitbull, Rottweiler, Dogo Argentino, Staffordshire Bull Terrier, American Staffordshire Terrier, Fila Brasileiro, Tosa Inu y Akita Inu.

Esta normativa apareció ante la alarma social que provocaron algunos incidentes de agresividad canina, junto a las notas de prensa que a menudo detectan como Pit Bull a cualquier perro agresor. Además, no ha alcanzado su objetivo inicial de reducir estos incidentes por lo que muchos países ya han derogado normativas similares.

Según la normativa española, se considera GPP cualquier perro que pertenezca a las razas descritas anteriormente ya sus cruces, cualquier perro adiestrado por el ataque, los que manifiesten un carácter marcadamente agresivo y, además, hayan sido objeto de una denuncia y los que cumplan una serie de condiciones estéticas (algunas tan absurdas tan ambiguas como marcado carácter y gran valor). Aparte, existe una legislación autonómica y municipal al respecto, por eso nos encontramos en situaciones tan absurdas e ilógicas como que hay razas que sólo son consideradas GPP en algunas comunidades autónomas como el Boxer que incomprensiblemente sólo es peligroso en Cantabria y en algún pueblo de la comunidad de Madrid.

Existen múltiples requisitos a cumplir para su tenencia legal, incluída la obtención de una licencia. Esto limita tanto a los perros como a los propietarios y es una de las razones principales por las que este tipo de perros se nos acumulan en refugios y perreras con sacrificio 0, siendo los primeros en ser sacrificados en centros donde todavía continúa esta cruel práctica.

La normativa también obliga a estos animales a ir siempre atados con una correa no extensible de 2 metros de longitud como máximo (sólo 1 metro en Andalucía, ¿será que allí la probabilidad de una agresión por parte de un GPP aumenta?) y con siempre bozal. Esto que aparenta ser una simple medida de seguridad para evitar daños a personas y otros animales es en realidad la principal causa de problemas de comportamiento, miedo y agresividad en estas razas.

El factor principal para un buen comportamiento en un perro es su socialización, manejo y adiestramiento. Imagina un cachorro, de cualquier raza considerada GPP, debe descubrir el mundo y entender, o al menos asimilar, su lugar como perro en una familia de humanos, quizás incluso, con algún otro animal de compañía, debe acostumbrarse a los ruidos de la ciudad, al movimiento de la gente… Es la época en la que más utiliza la boca y las de animales, es la época de más juego… pero lleva un bozal en medio de la cara, los demás perros no entienden su expresión que está oculta tras el bozal, y así, no hay comunicación. Probablemente si los demás perros no perciben la expresión de este cachorro, será como si la ignoraran y esto puede acabar en la situación en la que el cachorro aprende a no expresarse. Porque hacerlo, si nadie lo tiene en cuenta? Esto aumenta inevitablemente el riesgo de peleas entre perros y además nos dificulta a nosotros poder prever un incidente como propietarios. El cachorro crece y la gente se aparta de él, cruzan la calle para no pasar a su lado, los propietarios de otros perros no les dejan jugar con éste porque parece peligroso y además lleva bozal. Tenemos un cachorro, de una raza considerada GPP, que no hace ejercicio suficiente (recuerda una correa de 1 o 2 metros máximo), no se le permite acercarse a otros perros ni mucho menos jugar con ellos, quizás ni siquiera ha estado nunca cerca de un niño, … Cuando esto ocurre a diario, es frecuente que el niño desee evitar a estas situaciones; que se acerque a los perros de los demás. Al final tenemos un perro cargado de estrés, miedo y frustraciones, sin el ejercicio que necesita, con un aprendizaje nefasto y una mala sociabilización. Esto es lo que provoca la normativa actual, la que pretende evitar las agresiones caninas fomenta en realidad los problemas de comportamiento que las originan.

La ley que regula la tenencia y conducción de perros potencialmente peligrosos no reduce el número de incidentes de agresividad canina y nos perjudica a muchos, agrava el problema, discrimina, criminaliza y formenta estereotipos y marginación, no sólo hacia estos perros sino también hacia sus propietarios.

Para conocer cómo obtener la licencia de tenencia y conducción de perros considerados potencialmente peligrosos haga clic aquí.

Puede consultar el escrito de AVATMA aquí.

Existe otro artículo relacionado y muy interesante que ayuda a ver esta normativa desde una perspectiva diferente: El miedo tras la máscara